jueves, 16 de febrero de 2012

Canciones desde Norteña

Mapa, itinerarios y puntos de interés para no perderse en el laberinto de monstruos y filias de Nacho Vegas

“Esto no es una salida”, reza un cartel en una puerta mientras Patrick Bateman almuerza regodeándose en la hipocresía y la bajeza moral en el capítulo final de American Psycho. “Esto no es una salida” es el nombre de un EP de Nacho Vegas, un homenaje a uno de los escritores que más le han influído, Bret Easton Ellis, y bien podría ser  una declaración honesta y sencilla de lo que no es su música.

El intrincado laberinto de músicas y letras de Vegas es más bien la entrada en las entrañas del monstruo, a los vericuetos de su autobiografía y de una experiencia que vaga entre los callejones llenos de jeringuillas y las avenidas del realismo mágico de Macondo, ahora llamado Norteña. “Esto no es una salida”, y el público queda invitado a entrar con la única y exigua luz de la poesía cruel, bárbara, contradictoria, desoladora con repentinos haces cegadores de humor y de fugaz optimismo. El laberinto queda delimitado con precisión por una fortaleza de ambigüedad capaz de hacer sus tribulaciones extrapolables al oyente. Por el laberinto deambulan, además, decenas de personajes que van merodeando entre las canciones de sus siete LP, ocho EP y también un libro, Política de hechos consumados –, creando un cosmos propio lleno de autorreferencias.

Nacho Vegas es un poeta, un trovador, un contador de historias, que se ha dejado influir por otros cantautores como Townes Van Zandt, Nick Cave, Guy Clark o Bob Dylan. También por escritores, como el ya mencionado Bret Easton Ellis o  la norteamericana Carlson McCullers. Su música se convierte en un pastiche posmoderno que mezcla la propia experiencia, con el personaje de aquel, la cita de éste otro o referencias a personajes de la vida pública. No en pocas ocasiones, ha ido más allá y ha elaborado una versión en español de alguno de sus temas como Miss Carrusel, de Town Van Zandt, o Anyhow I love you, de Guy Clark, que tiene su equivalente “vegasiano” en Nuevas Mañanas (El manifiesto desastre, 2008) o les ha robado impunemente la historia de alguno de sus personajes como en Baby Cat Face (Seis canciones desde el norte, 2001).

Dice que Historia de un perdedor (Cajas de música difíciles de parar, 2005) es la más autobiográfica de sus canciones no autobiográficas. Pero ésta no es la historia de ningún perdedor. Publicó su primer trabajo en solitario en 2001. Diez años después es un artista consagrado en el pop rock alternativo en España, también en América Latina, y es una figura de culto para miles de adeptos que abarrotan sus conciertos como fieles dispuestos a escuchar la gran revelación.

Ignacio González Vegas nació en Gijón (Norteña, en sus canciones) en 1974. Con dieciséis años comenzó a tocar en Eliminator Jr. La banda neoyorquina Sonic Youth no sólo inspiraron el nombre – Eliminator Jr.  es uno de los temas que conforman Daydream Nation, 1988) – sino su estilo, que va poco más allá de la experimentación ruidosa de la banda de Kim Gordon y Thurston Moore. Después formó parte de Manta Ray. Una noche, mientras escuchaba Bob Dylan, decidió dejarlo para comenzar su andadura en solitario. Era 1999 y lo justifica en Detener el tiempo (El manifiesto desastre, 2008): Y crecí tratando en vano de desentrañar todo lo que el miedo esconde. Y yo me hundía en el ‘Blonde On Blonde’ haciendo que los días me duraran mucho más (…). Y aunque el miedo se volviera a manifestar para entonces ya sabía que no me abandonaría, y entre libros y canciones un día pensé que tal vez el tiempo se podría detener. (…) Ahora escribo mis canciones y me refugio en, unas veces, cosas puras y, otras, las drogas más duras”.

Monstruos
Precisamente, las drogas en todas sus facetas ha sido uno de los temas más evocados en la obra de Nacho Vegas. Llegan disfrazadas de mujer “Blanca llega hasta a mi mente, jura que ella es diferente y es hermosa hasta en su forma de mentir. Quién sabrá lo que ella sueña, lo que siente y lo que enseña, la razón por la que permanezco fiel. Blanca eres tan cruel”(Blanca, Actos Inexplicables, 2001). “Y ahora si tiemblo de dolor, y si aúllo de dolor, y si ladro de dolor, y si ululo de dolor es por ti, Marilyn” (Mi Marilyn particular, Esto no es una salida, 2005).  Y otras veces llegan sin disfrazarse: “Sabe dulce esta nueche que nun termina. Sabe dulce ente’l fumo de la heroína” (La canción de la duermevela, Cajas de música difíciles de parar, 2006) o habla del “miedo a no poder llevar una vida normal sin la heroína, ese no recordar cuándo llevabas una mínima disciplina diaria y hacías cosas normales”(Las primeras noches sin vd, Política de hechos consumados, 2004).

Se justifica: “Anochezo y vuelvo a descansar en una nube gris, fumando sobre plata el terror que da vivir” (Mark Spitz , Cajas de música difíciles de parar, 2006). Y trata de salir de ello: “Día uno en pie, comienzo a andar; he de aguantar, lo puedo hacer. El día dos avanza hasta el final y llega el día tres, lo vuelvo a estropear. Así que vuelta a empezar” (Crujidos, El manifiesto desastre, 2008).  Y parece que lo consiguió, porque Vegas se ha subido a los escenarios para presentar su último disco, La zona sucia, con un aspecto que delata un proceso de desintoxicación exitoso.

Inevitablemente ligados a las drogas y al alcohol, aparecen las atmósferas sórdidas, los personajes oscuros y lamentables y otros que simplemente resultan patéticos y desdichados: “basta estar con ella diez minutos no en realidad tal vez necesites una noche para darte cuenta de que nadie la querrá jamás de que puede derrochar amabilidad y simpatía y sinceridad pero a nadie le importa eso un  carajo su cuerpo es  como una estación de servicio”, narra en Muñecos rellenos de serrín, uno de los relatos de Política de hechos consumados (Palmart, 2004) y que aparece fragmentado a lo largo de sus páginas. Las palabras fluyen sin respetar norma de puntuación alguna, angustiosas, claustrofóbicas, pestilentes, sobreexcitadas e imbuidas de espíritu beat.

El cajón de sastre de Política de hechos consumados es la piedra de Rosetta necesaria para entender los jeroglíficos de sus canciones. En él se dan cita memorias infantiles, obsesiones y desesperaciones, historias familiares, personajes prostituidos, relatos y poemas que parece hablar de todo y de nada. Todo ello forma un mosaico heterogéneo en forma de prosa, poesía e incluso teatro donde lo único que hay en común es que parece arrancado de la autoconciencia desolada que se remueve en lo más profundo del autor. 

El sexo, presente en muchas de sus páginas, es una experiencia grotesca, abominable y repugnante que a menudo el protagonista del relato usa como medio para conseguir droga –justificación más primaria –y emponzoñarse un poco más en el pesimismo vital –su verdadera motivación, el puente entre la decadencia interna y la realidad –. En la aventura en el Barrio Rojo de Ámsterdam que cuenta en el cabaretero tema con el explícito título de Gang-Bang (Cajas de música difíciles de parar, 2006) reafirma su predisposición voluntariosa a dirigirse como un kamikaze hacia lo más bajo: “Y si viviera una vez más, ¿me volvería a equivocar otra vez? Sí, no te quepa duda, hasta la locura y hasta el dolor”.

La culpabilidad le da aguijonazos mientras tanto: “Habré de llegar a la conclusión de que no hay un ser más culpable que yo, ni lo habrá, sobre la tierra” (En la sed mortal, Cajas de música difíciles de parar, 2006) y comienza a enumerar, inspirado en el Thirsty Dog de Nick Cave, una retahíla de disculpas absurdas algunas, otras tremendamente agrias. Y, sobre todo, zumba el autodesprecio: “Podrías pensar que no me volverás a ver, que en tu vida ahora soy bienvenido igual que un recién nacido subnormal, que un cáncer en la flor de tu vida. Podrías pensar algo así y pensarías bien” (Cosas bien hechas, Esto no es una salida, 2005).

Uno de los grandes misterios resueltos en Política de hechos consumados es el de El Ángel Simón. En el primer disco del cantante asturiano, publicado en 2001, aparecían unos explícitos versos que, aunque necesitados de un contexto, dejaban entrever una historia demasiada cercana: “Dondequiera que ahora te estés pudriendo, sólo quiero que sepas que ya no te tengo miedo, que ahora estoy cansado y sólo tengo miedo de mi propia vida. Y que sé que lo tendré toda la puta vida, decida lo que decida” que ha dejado heridas difíciles de cerrar “Y seguir con mi camino y seguir con mi sangre y mi voz, mi estúpida voz, aunque, padre, no soy como usted. Y mi meta es llegar a ser alguien, en fin, que se puso a vivir y consiguió ser amado en la tierra y morir” (Penúltimo anhelo, El género bobo, 2009).  Relatos como el homónimo El ángel Simón, El colchón y Figuritas humanas ponían en su lugar la tétrica historia narrada en Actos inexplicables y confirmaba que Vegas hablaba de su padre, que murió en 1994 con 48 años, “solo y completamente arruinado”, después de haberse separado de su esposa y haberse dado al alcohol, y dejando únicamente un colchón manchado de sangre que ha sido motivo recurrente en varias canciones y relatos del artista.

Filias
El amor, y sobre todo el desamor, también tienen una gran presencia en las letras de Vegas, como en todo cantautor que se precie. Se le han conocido dos amores: la también asturiana Beatriz Concepción, guitarrista de Nosoträsh, y la cantante Christina Rosenvinge, con la que editó un disco. La relación con esta última no sólo fue especialmente fructífera (para ambos) en lo artístico, lo comercial y lo lírico, sino que además ha alimentado copiosamente a los cotillas ávidos de chismes. Y no toda la culpa fue de la crónica rosa. Se desconoce cuándo y cómo comenzó y terminó el gran idilio pero entre El manifiesto desastre de Vegas y el Tu labio superior (2008), de Rosenvinge; entre La zona sucia y La joven Dolores (2011), se lanzan dardos que más de uno ha querido descifrar. Canta Nacho: “Y emprendiste así tu huida y yo corrí a mi habitación y mezclé en una cuchara el polvo blanco y el marrón. Y con la sangre aún resbalando te llamé desde ese hotel: ‘Por favor, entiende que algo no funciona en mí muy bien’. Y al otro lado te oí llorar y yo seguí y no colgué, y me suplicaste: “Déjame de una vez, déjame de una vez” (Morir o matar, El manifiesto desastre, 2008). Y canta Christina: “Esa señorita que rima conmigo que te ronda siempre alrededor. Es tu favorita, te lleva consigo y te gusta más que mi canción. Tu llave está en la recepción, ya es de madrugada, pongo la televisión, espero tu llamada. La evidencia en gotas cae por mi jersey de Prada, la lección que ya aprendí siempre es olvidada” (La distancia adecuada, Tu labio superior, 2008). No cuesta imaginar que la señorita que rima con Christina es la heroína y que ella es la gran culpable del drama alojado en esa habitación de hotel.

Canta Nacho tres años más tarde: “Me decías: ‘Lo que media entre tú y tu soledad es un trecho que no puedo abarcar’. Yo me pregunté a mí mismo, sólo a un paso del abismo, cómo voy a vivir cuando te canses de mí” (Cuando te canses de mí, La zona sucia, 2011). Y canta Christina: “Lo llaman ruptura, pero es desgarro. Adoro tus encantos pero me voy de aquí. El abismo es un lujo que no puedo permitir” (Weekend, La joven dolores, 2011).

Exhibicionismo, podría ser. Pero no parece que sea una maniobra barata de publicidad y autobombo. Vegas ha tratado siempre de mantenerse al margen de los cauces más comerciales y de la burda complacencia del mercado. En el mismo EP en el que aparece un tema titulado N.V. contra la industria discográfica, aparecen estos versos: “Con todas estas páginas he construido mi mansión en una zona alta de la ciudad, soleada y residencial. Me llegó a ofrecer –y era una ganga –mano de obra infantil cierta gran multinacional. Claro, yo la rechacé (…) Y se oyen voces que hablan de desahucio y sé que quieren derribar mi humilde mansión. Al parecer pretende abrir aquí una nueva boutique un tal Louis Vuitton”. (Canción de Palacio #7, Canciones desde Palacio, 2006). El EP lo publicaba Limbo Starr, un pequeño sello madrileño con buen tino a la hora de elegir a sus fichajes que ha amparado la obra de Nacho Vegas desde que comenzó su andadura en solitaria en 2001 hasta en 2009. Dos años después, La zona sucia vería la luz bajo el sello de Marxophone, una iniciativa para autoeditarse del propio Vegas, Refree y Fernando Alfaro surgida del cuestionamiento de la necesidad del sello discográfico y la voluntad de retomar las riendas del proceso de elaboración del disco.

Con este nuevo proyecto, la carrera de Nacho Vegas sigue creciendo y bifurcándose por nuevas sendas, llegando a nuevos públicos. No, no es la historia de ningún perdedor. “Fracasé una vez, fracasé diez mil y aún así alzo mi copa hacia el cielo en un brindis por el hombre de hoy y por lo bien que habita el mundo”. Y brindamos. 

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