jueves, 13 de mayo de 2010

ELECTROSHOCK

[Publicado en Ociozine el 13 de mayo de 2010]

Rosvita y Retribution Gospel Choir descargan electricidad en la Moby Dick

Apuesto a que las paredes de la sala Moby Dick siguen vibrando, igual que aún no se han recuperado mis tímpanos. Mientras Madrid ardía por la victoria del Atlético, el escenario de esta pequeña sala echaba chispas. Inauguraba la jornada la verbena lisérgica de los madrileños Rosvita: pura electricidad disonante, ruidosa, generadora de ritmos que oscilan en un terreno inclasificable entre lo transgresor, lo chabacano y lo siempre desconcertante. Mientras Nacho Vera, ataviado cuán jugador de fútbol glam aporreaba la batería y voceaba, Manuel Campos hacía lo propio en los teclados mientras el público respondía moviendo con gesto afirmativo la cabeza y con el pie derecho daba toquecitos a un suelo que casi quemaba de pura energía, un signo inequívoco de complacencia cuando la media de edad de la sala supera, con un par de decenas de años, la adolescencia. 

Rosvita descargaba uno tras otro temas epilépticos, descarados e irreverentes con una energía fulminante, procedentes de sus tres discos: los autoeditados Rosvita (2003), Podrida Ser  (2006) y el recientemente estrenado Grandes Tormentos.  Eso sí, cerraron con la pesadumbre de Perro Mono. Se trata de lo más parecido a una balada de su último álbum, Grandes Tormentos (Everlasting Records). Un tema que juega con las pretensiones de sonar sentido, emotivo, una lírica surrealista adornada con los gemidos onomatopéyicos de Nacho. Soy el perro mono, que amenaza a tu fiesta; soy el perro mono, el que enciende la feria; soy el perro mono y te quiero morder, gimoteaba. Un tema altamente caricaturesco, altamente kitsch, altamente Rosvita, que venía a encarnar su espíritu de mofa, de distanciamiento con las corrientes dominantes. Y un tema que ponía la guinda a un atropello fresco, desenfadado, que se opone a la altanería de tantas otras bandas que se piensan adalides de la transcendencia espiritual, el sentimiento y la epopeya cuando en los tiempos de MySpace, eso no significa la diferencia.

Tras la mordida furibunda de Rosvita, llegaba el vapuleo de Retribution Gospel Choir. La puesta en escena de los de Minnesota era, exactamente, el negativo de Rosvita.  Los tres miembros, Alan Sparhawk, cantante de Low, a la cabeza, salían de negro riguroso, elegantemente vestidos, dispuestos a pisar los pedales con sobrios zapatos de piel. Sólo el pelo largo del batería, Eric Pollard, y los pantalones de cuero del bajista, Steve Garrington, dejaban vaticinar la descarga de rock que se avecinaba.  Si algún despistado esperaba encontrar ecos de Low en la simbiosis de estos tres músicos: el nuevo proyecto de Sparhawk mantiene la intensidad, sí, pero no la canaliza en la suavidad, la delicadeza, las melodías lentas y minimalistas (o lo que los entendidos etiquetan como slowcore) que han hecho de Low un referente internacional del pop. 

El proyecto paralelo de Sparhawk descarga furia a guitarrazos. Los norteamericanos tomaron la electricidad de Rosvita en su primer concierto en España, que inaugura una lista de hasta once fechas. Sus ejecuciones, a diferencia de Rosvita, se desarrollaban de una forma mucho más ordenada en lo que a estructura se refiere, aunque de vez en cuando se dejaran llevar por eternas improvisaciones que rallaban lo psicodélico, como en el caso de la sombría Poor man’s daughter, pura fuerza que encendió al público. Alan se desgañitaba con gesto ardiente, movimientos rígidos y dejaba un reguero de sudor a su paso; humedad que daba buena cuenta de la ardor que estaba dejando en la tarima.  El batería no se quedaba corto: los golpes que asestaba dotaban a todos los temas de la contundencia del rock duro. Momento protagonista tuvo en el inicio de White Wolf junto a las guitarras distorsionadas de Alan hasta que se decidieron a arrancar el tema, que a ratos recordaba a los estribillos de Foo Fighters o Black Rebel Motorcycle Club, al igual que For her blood. Momento especialmente luminoso se vivió cuando ejecutaron el tema que abre su segundo y último disco, 2: Hide it away, aclamadísimo por toda la sala.  Con Electric Guitar parecieron disminuir el tempo pero, falsa alarma, porque de nuevo el corte era una gran excusa para un final infinito de rock acelerado y de comunión musical entre el trío americano.  Comunión, también, con el público, solo posible en salas de aforo reducido donde el grupo toca casi a ras de suelo, humanizándolo y devolviéndolo a lo terrenal. Un lujo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario