jueves, 15 de julio de 2010

Morcheeba en Madrid: entre la narcosis y el éxtasis

Blue Skye (Foto: Juan Hernández)
La banda presentaba su nuevo álbum, Blood like lemonade, que quedó en el segundo plano de un repertorio que se apoyaba en la fuerza de sus hits de los noventa

La última vez que Morcheeba pisó el escenario de la sala Heineken, allá por mayo de 2008, Skye Edwards, quintaesencia del grupo de trip hop, no acompañaba a los hermanos Godfrey. En 2003 decidió que era hora de desarrollar su carrera en solitario: dos discos que han pasado discretamente por las listas de ventas. Quizás por eso, esta vez, Skye sí estaba en una Sala Heineken abarrotada, dispuesta a manejar al público hasta la euforia al igual que había hecho la noche anterior en la Apolo de Barcelona, con un setlist idéntico.


La banda venía con un tour amparado en el lanzamiento de su último disco, Blood like lemonade. Pero se quedó en excusa: las canciones del nuevo disco ocuparon menos de un tercio de su repertorio. Morcheeba arrancaba con un tema de su primer disco, Moog Island. ¿Venían a reivindicar sus primeros tiempos? Un tema de tempo lento, sugerente, que servía a Skye para regodearse en la cadencia de su voz y de sus movimientos, mientras luces azules y verduscas la envolvían a ella y a la sala, que se sumía en un estado catárquico. The music that we make will heal all our mistakes and lead us. The music that we hear is always standing near to feed us , susurraba la londinense. Continuaba la narcótica Friction, de su segundo álbum, con el que Morcheeba flirtea con el reggae. Ejecutarían dos temas más de sus viejos tiempos, hasta que se decidieron a hacer sonar el nuevo álbum. Y lo hicieron con Even though a la que seguiría la célebre The sea. “Voy a bucear entre vosotros. ¿Podéis fingir que sois mis olas?”. Y toda la sala se fundió en una masa ondeante e indisociable que se plegaba a los deseos de Skye.

Y así seguiría el resto de la noche. Tema a tema, la banda estrechaba el vínculo con su público hasta llegar a la complicidad del patio del colegio: Skye azuzaba a sus discípulos a cantar o saltar según estimaba pertinente, irradiando esa condescendencia tan desafortunada e irritante de los grandes de la música popular. La simbiosis alcanzaría su punto álgido en Beat of the drum, un tema muy pop, de contundente estribillo, menos electrónico que los anteriores de su nuevo álbum. La banda tenía que vender los nuevos temas que todavía no hacían vibrar como sí lo conseguían sus hits noventeros, y lo consiguió convirtiendo al público en los coros. También fue capaz de convertir la Heineken en una fiesta al ritmo de Be yourself, ya en los bises. La mediación de Skye para levantar a la sala no haría falta en el cierre del concierto: Rome wasn’t built in a day, uno de los temas que han encumbrado a la banda como referentes del trip hop donde Skye supo sacar toda la potencia de su voz, hasta entonces más sugerente. Eso sí, se fue sin despedirse mientras la banda acababa el trabajo.